Si creciste en Cochabamba como yo, o en casi cualquier otra ciudad de nuestro país, ya tienes el cerebro programado para saber exactamente qué esperar de una «fiesta patronal». Para nosotros, la devoción viene en combo con el ruido. Suena a platillos gigantes, a bombos que te hacen temblar el pecho, a trompetas desafinadas sonando a las tres de la mañana y a bandas de bronce compitiendo en la misma calle a ver quién hace retumbar más las ventanas.
Nuestras fiestas son un caos hermoso, no lo voy a negar. Es un caos bañado en cerveza, pasos de caporal, trajes llenos de lentejuelas que te encandilan con el sol y una multitud infinita que grita, baila y celebra hasta que el cuerpo dice basta. Esa es la postal que todos conocemos. Ese es el guion que te venden y el que yo llevaba en la cabeza.
Con esa imagen mental de lo que es «lo tradicional», tomé un avión rumbo a Tarija en septiembre del 2025. Pero que quede claro: yo no iba buscando ninguna fiesta. Fue un viaje totalmente relámpago. Uno de esos planes que se arman rápido y donde tienes el tiempo contado. Era mi primera vez pisando tierra tarijeña, un lugar del que siempre me habían hablado maravillas por su clima perfecto, su comida y esa fama de que ahí la vida se toma con más calma.
Llegué un sábado a mediodía, fui directo a una actividad que tenía programada y que me ocupó toda la tarde y parte de la noche. Cuando me di cuenta, ya era domingo. Solo me quedaba esa mañana libre para conocer un poquito de la cultura, respirar el aire de la ciudad y volver a empacar para irme.
No llevaba una cámara fotográfica profesional colgando del cuello. Mi idea no era ir a tomar fotos calculadas, ni jugar con la luz, ni armar un portafolio para el blog. Solo quería caminar tranquila, disfrutar del sol y conocer la capital de la sonrisa. Pero cuando viajas sin guion, la ruta te cambia los planes en un segundo. Y menos mal que lo hizo.
El desayuno, las campanas y la curiosidad
El domingo en la mañana decidí hacer lo que dicta la regla de oro de cualquier viajero que quiere conocer de verdad el pulso de un lugar: me fui a desayunar al mercadito. Si quieres saber cómo vive la gente, no vayas a los restaurantes de lujo, ve a donde la casera te sirve un desayuno caliente mientras escuchas el ruido de la mañana.
Mientras estaba ahí, pidiendo mi comida y tratando de absorber toda esa vibra nueva, noté algo que me llamo mucho la atención. Empecé a ver caminar por el mercado a algunas personas con una vestimenta que, honestamente, no encajaba con nada de lo que yo había visto en mi vida.
Llevaban unas telas de colores muy vivos, plumas y una especie de velo que les tapaba la cara. No estaban haciendo ningún show, no estaban posando para los turistas ni gritando. Simplemente estaban ahí, caminando entre los puestos de frutas y verduras como si fuera lo más normal del mundo.
Me quedé mirándolos, tratando de entender si me había perdido de algo. Y de pronto, a lo lejos, empezaron a sonar con mucha fuerza las campanas de una iglesia. Era el templo de San Roque.
Ahí es donde la curiosidad te gana. Dejé el mercado, pagué mi desayuno y empecé a caminar en dirección a las campanas, dejándome llevar por el sonido. Mientras más me acercaba a la iglesia, más gente veía congregada en las calles. Pero ojo, no era el bullicio caótico, borracho y desordenado de las entradas folklóricas a las que estaba acostumbrada. Había una energía totalmente distinta. Era un ambiente de espera. De mucho respeto. Y entonces, empezaron a salir.
El choque visual en el asfalto
Te juro que no estaba preparada para lo que vi. No había trompetas. No había platillos ni bombos gigantes. Era un sonido seco, agudo, rítmico y absolutamente hipnótico. Un clac-clac-clac constante, monótono, acompañado de fondo por el llanto melancólico de una quenilla y el golpe sordo, casi como un latido, de un tambor pequeño.
Y otro dato que me voló la cabeza fue enterarme de que esta no es una fiesta normal de un solo fin de semana. Es una de las festividades patronales más largas de toda Bolivia. Arranca exactamente el domingo después del 16 de agosto y toma las calles todos los domingos hasta la segunda semana de septiembre. Y yo, con mi viaje relámpago de 24 horas, había caído por pura y hermosa casualidad justo en esa ventana de tiempo.
Frente a mí, saliendo por las puertas del templo para iniciar su peregrinación, avanzaba una marea interminable de colores. Llevaban un turbante enorme en la cabeza, cilíndrico, cubierto de plumas vibrantes, espejitos que brillaban con el sol de la mañana.
Pero lo que más me impactó fue el rostro. O mejor dicho, la ausencia de él. De ese turbante caía un velo translúcido que les cubría la cara por completo. Eran figuras sin identidad, totalmente anónimas. En sus manos llevaban un instrumento de madera, una especie de flecha doble que hacían chocar rítmicamente al caminar. Ese era el clac-clac-clac que había escuchado desde cuadras atrás.
Eran los famosos Chunchos.

La escala de lo que estaba presenciando me dejó congelada. Más tarde, ya con la curiosidad a tope e investigando un poco por mi cuenta, me enteraría de la verdadera magnitud de esta locura: el 2025 participaron aproximadamente 9.000 chunchos. ¡Nueve mil personas!
No estaban «bailando» para un público sentado en graderías que había pagado una entrada. Caminaban por las calles asfaltadas del centro de Tarija con movimientos lentos, muy pausados, dando un par de pasos hacia adelante y luego hacia atrás, siempre adueñándose de la ciudad al ritmo de la quenilla.
El celular en el bolsillo y la verdadera fotografía
Fue en ese instante exacto, parada en la acera, viendo a miles de personas anónimas caminar con una fe que casi se podía tocar con las manos, que caí en cuenta de mi realidad: no tenía mi cámara fotográfica.
No había lentes intercambiables en mi mochila. No tenía cómo ajustar la velocidad de obturación para capturar el movimiento perfecto. No había trípodes ni filtros.
Metí la mano al bolsillo del pantalón, saqué mi celular y desbloqueé la pantalla. Y viéndolo en retrospectiva, fue lo mejor que me pudo pasar en ese viaje.
Tener solo el celular me obligó a dejar de pensar como la típica «fotógrafa turista» que busca la iluminación perfecta. Me quitó la presión de sacar la postal de revista y me empujó a documentar el momento exactamente como se sentía en mis ojos y en mi piel.
Me acerqué a la multitud todo lo que pude. Enfoqué la pequeña cámara de mi teléfono en los detalles que me estaban rompiendo la cabeza. Le tomé fotos a las manos de los Chunchos, manos curtidas apretando esas maderas con fuerza. Le tomé fotos a los velos pegados a la cara por el calor sofocante del sol tarijeño. A los pies que, a pesar del cansancio de caminar horas por el asfalto, no dejaban de llevar el ritmo.
Las fotos que salieron ese domingo no son imágenes perfectas de estudio. Tienen el grano digital del celular, algunas están ligeramente movidas por la prisa de capturar el instante antes de que pasaran, y los encuadres no son los que te enseñan en una clase de fotografía. Pero son absolutamente reales. Tienen vida. Transmiten el asombro real de alguien que se tropezó con una maravilla sin estar buscándola.
La historia cruda detrás del velo
Cuando viajas con el tiempo medido, pero te das el lujo de soltar el mapa, tienes tiempo para conectar de verdad. Charlé con la gente que estaba ahí parada a mi lado mirando la procesión, y la historia que me contaron terminó de romper todos los esquemas que yo tenía.
Ese traje, ese velo que no deja ver los ojos, y ese sonido constante de la flecha de madera no son un disfraz para verse llamativos. Es una representación histórica inmensa sobre la marginación y el dolor.
Me explicaron que hace siglos, a los enfermos de lepra se los consideraba un peligro y se los expulsaba de la ciudad, mandándolos a vivir a lazaretos aislados en los cerros. Perdían su vida, su familia y su lugar en el mundo. Cuando estos enfermos tenían que bajar a la ciudad por comida o necesidad, se cubrían el cuerpo y el rostro por completo para no mostrar sus heridas y para que la gente no se espantara.
Y para avisar que estaban caminando por las calles para que las personas sanas tuvieran tiempo de apartarse y no contagiarse hacían sonar unos pedazos de madera.
San Roque, para la fe católica, es el patrono de los enfermos y de las pestes. Entonces, toda esta procesión inmensa de miles de personas que yo estaba viendo no era un desfile de carnaval. Era la representación viva de aquellos leprosos bajando del cerro a la ciudad a pedirle a San Roque un milagro.
El velo que usan los Chunchos hoy en día es el símbolo de la cara cubierta del enfermo. Y la gente que camina ahí debajo de ese calor sofocante no busca aplausos. Son promesantes. Son personas normales que hicieron una promesa por la salud de un hijo, de su madre, o para curarse de algo grave.
Debajo de esa tela, nadie sabe quién es quién. El gerente del banco, el estudiante de universidad, el albañil y el vendedor del mercado son exactamente iguales. Todos son vulnerables, y todos caminan juntos.
La «Fiesta Seca» y los dueños de la calle
Por si todo esto fuera poco, como buena cochabambina, el choque cultural se me completó con un detalle que me dejó muda: en la festividad de San Roque no hay ni una sola gota de alcohol.
Es conocida en Tarija como la «Fiesta Seca». No vas a ver a un solo promesante con una lata de cerveza, ni a grupos de jóvenes borrachos en las aceras arruinando el momento. Todo es increíblemente solemne y familiar. Descubrir que 9.000 personas pueden tomar las calles en una muestra de devoción tan inmensa, sin necesitar del descontrol comercial al que estamos tan acostumbrados en otras ciudades, fue un quiebre total de mi cabeza.
La mejor ruta es la que no existe
Ese viaje relámpago a Tarija me enseñó de un solo golpe la filosofía que hoy mueve a Bolivia Sin Guion.
Yo fui con el tiempo medido, sin itinerario turístico, esperando solo desayunar rico en el mercado y descansar unas horas antes de subirme al avión de regreso. Y terminé presenciando la historia de fe más cruda, inmensa y real que he visto en mi vida. Mis mejores fotos no las tomó un equipo de mil dólares, las tomó mi teléfono en un momento de asombro absoluto porque era lo único que tenía a la mano.
Las mejores historias te encuentran a ti cuando dejas de planearlo todo. Si alguna vez tienes unas horas libres en una ciudad que no conoces, no te encierres en el hotel a buscar en Google «qué hacer». Sal a caminar. Cómete un desayuno en el mercado, sigue el sonido de unas campanas lejanas y atrévete a chocar de frente con lo inesperado.
Ahí, justo en el medio de la casualidad y del error, es donde de verdad empieza el viaje.
